Pedagogías Aplicadas, Motivaciones y 'Arquitectura Social'



En el transcurso de nuestros proyectos hemos venido identificando algunos principios a tener en cuenta para promover en la teoría, la práctica y el re-pensar de los procesos co-formativos, lo que nos ha llevado a adoptar el concepto de arquitectura social (o arquitectura en comunidad) como un enfoque primordial. Aplicando principios de la ecología a nuestras acciones, desde el pensar-sentir, pasando por la palabra (el lenguaje) y, en general, a nuestros modos de aprender y actuar, consideramos que se hace cada vez más prioritario en la arquitectura y en los ámbitos del habitar humano:

• Aprender a ver oportunidades en cualquier problema o carencia. No necesitamos seguir elaborando tratados acerca de lo que nos falta o lo que anda mal; necesitamos identificar soluciones, saberlas promover y activarlas. Enriquecer nuestra formación desarrollando una amplia capacidad para hacer que las ideas se conviertan en planes, los planes en proyectos, los proyectos en acciones y las acciones en impactos positivos.

• Para ello es fundamental aprender a trabajar en redes, reconociendo el potencial de las comunidades de práctica y del trabajo colaborativo como estrategia para la acción local desde un enfoque global. Debemos romper con los conceptos que nos alejan de otras disciplinas y quehaceres y que suelen crear contornos artificiales de separación, sustituyéndolos por contornos de identidad e intercambio de recursos.

• Reconocer que el flujo e intercambio de recursos estriba cada vez más en el conocimiento y la información. Y a diferencia del mensaje que se nos suele transmitir, debemos compartir tanto la información como el conocimiento, de manera que vayamos mejorando colectivamente el ejercicio y el impacto de la arquitectura en nuestro entorno.

• Es fundamental entonces aprender a trabajar en redes de cooperación y asociación, en diferentes estratos y escalas. Recordar que la vida no se extendió y evolucionó por el planeta por medio de la lucha, sino de la cooperación, la asociación y el funcionamiento en red; es decir, en intensa simbiosis.

• Saber diversificarse. Reconocer que entre más diverso y complejo es un organismo o un sistema, mayor es su estabilidad, su resiliencia, flexibilidad y su capacidad de adaptarse al contexto y/o de generar el cambio. Esto implica evitar la trampa del reduccionismo y la fragmentación; reconocer el mundo es una unidad, y visualizar por ende el conocimiento como un valor que debe ser amplio, diversificado e integrado.

• Abrir los círculos de comunicación, contactos e intercambios. Es poco lo que se puede aprender cuando se habla permanentemente de lo mismo, o cuando lo que se anda buscando es el aplauso, el premio y la aprobación entre los pares. Sólo viendo más allá de nuestras propias narices y ombligos podemos desarrollar una sensibilidad hacia nuestro entorno que se refleje en una ética coherente con nuestras acciones y actitudes.

• Entender a la naturaleza, y aprender de ella todo lo que podamos. Reconocer que toda nuestra creatividad y nuestras “genialidades” nunca van a superar a millones de años de evolución. Habernos olvidado de ello nos está saliendo demasiado caro y desastroso. En la naturaleza está contenida toda la sabiduría que necesitamos, en sus maneras y equilibrio se encuentran todos los caminos y todas las respuestas. La verdadera creatividad consiste en saber formular las preguntas claves, para poder obtener las respuestas adecuadas.

• Sustituir el enfoque expansionista de “desarrollo” por uno basado en la optimización de los recursos. No necesitamos seguir “creciendo”; no necesitamos seguir creando objetos y expandiendo la huella que vamos dejando en el planeta. Lo que necesitamos es desarrollar la capacidad de reducirla, optimizar el uso y re-uso de lo que tenemos, distribuir la riqueza de forma justa y reducir las emisiones de nuestras actividades y productos, entendiendo que en el ecosistema no existen los residuos netos: los residuos de unos organismos son el alimento de otros, y todo se va regenerando en ciclos.

• Evitar esa obsesión reinante en nuestro gremio por los títulos y etiquetas. Evitar reducir nuestro presente y nuestras aspiraciones a autodefinirnos y determinarnos (limitarnos) bajo etiquetas que nos encasillan… No partir nuestros pensamientos y emociones en pedazos, ni sacrificar por ello nuestra propia integridad. Ser capaces de reconocernos siempre como seres humanos integrales, con múltiples intereses, vocaciones y talentos. Recordar que la arquitectura es una “carrera-profesión” sumamente indefinida, y ello se debe, justamente, a su naturaleza holística, amplia, diversa, multidimensional y compleja.

• Y, finalmente, revisar nuestros conceptos de éxito y felicidad. Recordar que no es lo mismo la felicidad simple y efímera que proviene de las posesiones y del ego, que la plenitud que otorga estar en equilibrio con nosotros mismos, nuestras comunidades y con el medio que nos rodea. En vez de perseguir y promover los sueños tóxicos nos empujan al desastre, podemos promover el desarrollo personal, espiritual y colectivo. Se trata de aprender a cambiar el enfoque y la noción actual del “desarrollo”, y ser cogestores, más bien, de un mundo más feliz, equilibrado y pleno.

Artículo completo disponible en el siguiente link: http://arquitecturaencomunidad.org/proyectos-semilla.html

(Imagen: proyecto "Comunidades Entre-Nos", estudiantes de Arquitectura UCR)